Review · Sala
Café Populart, Madrid: jazz cotidiano sin aspavientos
En pleno Barrio de las Letras, el Café Populart lleva décadas ofreciendo jazz en vivo sin pretensiones. Aforo pequeño, mesa a ras de músico y precios que no duelen. Una apuesta por lo constante frente a lo espectacular.
Por Iván Jiménez Moreno · Miércoles 10 de junio 2026 · Madrid
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Para encontrar una sala que no intente venderse como “experiencia” hay que bajar unas escaleras estrechas en la calle de las Huertas, justo donde el turismo se mezcla con los carteles de siempre. El Café Populart no tiene cartel de neón, ni página web con diseño responsive, ni una fila de fans haciendo cola. Tiene una puerta que podría pasar desapercibida y, dentro, una barra alargada, algunas mesas de madera y un rincón donde los músicos se colocan casi al ras del suelo. No hay escenario elevado, ni focos que te ciegue, ni una valla que separe a los oyentes de los ejecutantes. Lo que hay es un piano vertical, un par de amplificadores pequeños y la certeza de que, si entras cualquier noche de la semana, lo más probable es que te encuentres con alguien tocando jazz en directo.
El Populart no es una sala destino —no viene nadie de Tokio a verlo—, pero en Madrid es un punto de referencia para quien busca música en vivo sin el envoltorio de los grandes locales de la ciudad. Su fórmula es vieja y efectiva: programación casi diaria, precios bajos (a menudo sin entrada, solo consumición mínima), y una apuesta por músicos locales y proyectos pequeños que rara vez salen en los carteles de los festivales. En un ecosistema donde las salas medianas luchan por llenar siete días a la semana, el Populart ha construido una rutina que funciona desde finales de los ochenta. No es una cueva del jazz legendaria, ni un club con historia de grandes grabaciones, pero sí un espacio donde la música ocurre con naturalidad, sin que nadie pretenda que sea otra cosa.
Lo que es
El Populart es un café-bar de los que ya casi no quedan en el centro de Madrid. Su aforo parece rondar las ochenta personas, quizás cien si aprietan un poco. Las mesas están pegadas unas a otras, y las sillas son de las que pesan lo justo para que no te las lleves a casa. Cuando hay concierto, el público se sienta a escuchar con una copa en la mano, sin separación física con los músicos. A veces un guitarrista te roza la rodilla al moverse, y nadie se ofende. Eso forma parte del trato.
La programación es ecléctica dentro del jazz: tríos de piano, cuartetos de saxo, formaciones de guitarra, algún proyecto de fusión ligera. No es una sala especializada en hard bop ni en free jazz; más bien funciona como escaparate de lo que los músicos madrileños tienen entre manos esa semana. Algunas noches suena estándar, otras se cuela un repertorio más arriesgado. Lo que no cambia es el formato: tocan, descansan, vuelven a tocar, y entre set y set el rumor de las conversaciones sube lo justo para recordarte que estás en un bar, no en un auditorio.
El perfil de público es variado: desde parejas que llegan por casualidad después de cenar por Huertas hasta aficionados que conocen el calendario de memoria. También hay músicos de otras formaciones que vienen a escuchar a sus colegas, lo que le da un aire de gremio. No es un público entregado ni ruidoso, pero sí atento cuando toca. Y eso, en una ciudad donde muchas salas sufren el murmullo constante de los turistas, es un alivio.
Lo que hace bien
Programación constante sin pretensiones. El Populart programa jazz casi todas las noches del año. Eso, en sí mismo, ya es un logro en una ciudad donde los ciclos de conciertos suelen interrumpirse en verano o durante los puentes. No hay grandes nombres, pero hay regularidad, que es justo lo que necesita un aficionado que quiere saber que, cualquier miércoles, puede ir a escuchar música sin tener que planificar con semanas de antelación. La sala funciona como una especie de lonja del jazz local: si quieres saber qué están haciendo los músicos de Madrid, pasas por aquí un par de veces al mes.
La cercanía física con los músicos. No es un eslogan: en el Populart estás literalmente a medio metro del pianista. Puedes ver cómo respira, cómo apoya los dedos, cómo mira al saxofonista para marcar un corte. Para quien no está acostumbrado al jazz en vivo, esa proximidad es una ventana directa a lo que significa tocar en conjunto. Para quien ya lo conoce, es un lujo que no te cobran aparte. La acústica, además, no es mala: el techo bajo y las paredes de madera ayudan a que el sonido sea cálido sin volverse atronador, siempre que la sala no esté al completo.
Precio democrático. Muchas noches la entrada es gratuita, con una consumición mínima que ronda los ocho o diez euros. Incluso cuando hay un suplemento por concierto especial, raramente supera los quince. En un barrio donde una caña puede costar cinco euros en según qué terraza, el Populart ofrece música en vivo por menos de lo que pagarías por un cóctel en un lounge de la zona. Eso permite que la gente entre sin compromiso, se quede una copa y se vaya si no le convence el set. No hay presión de “tienes que disfrutar porque has pagado entrada”.
Apoyo a la escena local. El Populart no solo programa músicos consolidados de Madrid; también da espacio a proyectos más jóvenes o menos conocidos. Es una de esas salas donde un cuarteto de estudiantes del Conservatorio Superior puede tocar un lunes y, si lo hacen bien, volver a sonar un mes después. Sin ese tipo de circuitos, muchos músicos no tendrían dónde probar sus composiciones frente a un público real.
Lo que no convence
No he ido lo suficiente para ponerle peros graves, pero hay un par de cosas que se notan. La primera es que el formato “sin escenario” tiene un límite: cuando la sala está muy llena, la visibilidad es mala. Si llegas tarde y te toca la última mesa del fondo, apenas ves a los músicos por encima de las cabezas. Para escuchar vale, pero para seguir el concierto con la mirada resulta frustrante. La segunda es que la programación puede ser irregular en cuanto a calidad: algunas noches el grupo suena muy sólido; otras, es evidente que están ensayando en público. Eso no es necesariamente malo —forma parte del espíritu—, pero si buscas una experiencia pulida, quizá el Populart te parezca demasiado informal.
También hay que decir que el local no es especialmente cuidado. Las mesas tienen marcas, las luces son funcionales sin más, y el baño no es un sitio donde quieras pasar más tiempo del necesario. Pero eso, en una sala de este tipo, casi forma parte del encanto. No vas a tomar un cóctel de autor ni a hacer fotos para Instagram. Vas a escuchar jazz.
Para quién es
Si valoras la consistencia por encima del espectáculo, si te interesa ver cómo suena el jazz que se hace hoy en Madrid sin que te cueste un ojo de la cara, el Café Populart probablemente te encaje. Es el tipo de sala donde puedes ir solo, pedir una cerveza y dejar que la música te envuelva sin que nadie te moleste. Si buscas nombres internacionales, escenarios con luces de colores o un público que aplaude a destiempo, hay opciones mejores en la ciudad: el Café Central, el Clamores o el Jazz Vía. Pero si lo que quieres es una noche de jazz sin aspavientos, con la rutina bien hecha de quien programa porque sí, no porque tenga que vender una marca, entonces bajar esas escaleras de Huertas sigue siendo una de las decisiones más sensatas que puedes tomar en Madrid.