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Jorge Pardo: la flauta como puente entre el compás y el swing

Madrileño de raíces sevillanas, su saxo y flauta articulan un lenguaje que conecta el taco andaluz con el idioma del jazz sin forzar coincidencias.

Jorge Pardo: la flauta como puente entre el compás y el swing

Por Iván Jiménez Moreno · Jueves 4 de junio 2026 · Jazz · Flamenco-fusion

Lo que keeps Jorge Pardo Vigente no es su paso por el Sexteto de Paco de Lucía —aunque ese haber ayude—, sino que sigue usando la flauta en el jazz español como un instrumento de narrativa, no de ornamento. En un país donde el saxo se ha convertido en el altavoz por defecto del jazz, él eligióEarly un sonido menos obvio: la flauta, que en su mano no suena a evasión ni a etéreo, sino a otro modo de decir compás, de articular el golpe y el silencio.

Su trayectoria no es la de un prodigio que despega ya consolidado. Pardo emerge en los ochenta desde el mapa musical metropolitano, con raíces en el barrio de Usera y una conexión temprana con el bajo y compositor Pepe Comesaña. El momento clave no fue un premio ni una gira internacional, sino su incorporación al sexteto de Paco de Lucía a finales de los 80, una escuela directa de pulso y conversación colectiva. En aquel proyecto —no ya un experimento, sino una necesidad de los músicos implicados—, su saxo y su flauta no imitaban la guitarra, ni se colaban como extraños: asumían su parte del compás y lo convertían en swing. Lo mismo valió para los discos que hicieron después de su salida: proyectos propios donde el trio —bajo, batería, saxo/flauta— fue el formato más honesto, porque no necesitaba llenar espacio con instrumentos intermedios.

Lo que lo diferencia no es que “fusione” flamenco y jazz —mucha gente ha hecho eso—, sino cómo lo hace: sin forzar modulaciones de tonalidad, sin apelar al tarasteo como recurso temático. Su lenguaje se mueve en una zona de transición rítmica: los 4/4 del jazz se le deshacen en los 12 compases cuando el bajo insiste en un golpe contado, pero él no lo confiesa como cambio de compás, lo deja pasar como un suspiro entre versos. El fraseo de su saxo tenor es concreto: frases largas, pero divididas en micro-pausas que respetan el jALEGAR del flamenco —esa interrupción deliberada antes de saltar al siguiente golpe—. Y en la flauta, que es su marca, logra lo más difícil: que el vibrato no suene a efecto, sino a una respiración humana dentro del compás. Escúchalo en “El Viento”, del disco De Cámara, donde la flauta contrapunta con el piano sin buscar la melodía, sino la tensión entre dos discursos que saben que no coincidirán del todo. Eso es lo que evita que su música caiga en nostalgia: no busca repetir, sino mantener en pie una situación de diálogo.

En directo, el cambio es sutil pero definitorio. En el estudio, el sonido se fija, los tiempos se ajustan y el contrabajo suena como un alma que también sabe contar. Pero en concierto, Pardo se permite un despliegue de gesto que no está grabado: deja que la flauta pierda un poco de pureza tonal si así mantiene la energía del momento, que el saxo se desborde en un armónicamente incómodo si el batería lo invita a caer en el borde del estilo. Eso no siempre se traduce en una experiencia superior al disco —varias grabaciones de sus proyectos en trío están muy pulidas—, sí en una que revela quién es el músico cuando no tiene queJustificar cada nota. Lo dice su pareja habitual, el batería Ramónfine: “Jorge escucha al momento, no a la partitura”. Y eso es lo que se siente en vivo.

Por donde empezar: si quieres entender su lenguaje y no caer en la tentación de buscar referentes internacionales, ve al trío de Paco de Lucía grabado en el Teatro Real (2000), donde aparece con su saxo tenor y su flauta en “Soleá por Bulerías” —no es flamenco jondo, ni es jazz, es un puente. Luego al disco Flamencos & Jazz, de 1996, aunque el sello no sea español y el formato sea más amplio, hay pistas de su fraseo temprano que ya hablan claro. Y si prefieres la versión íntima, busca la versión en directo de “Entre dos aguas” con el pianista Chato, grabada en el Café de Inglés (2009): allí la flauta no intenta imitar a la guitarra ni a la voz, sino que habla desde su propio tiempo, con su propio peso. Esa es su fuerza: no es un extraño en el flamenco, ni un improvisador que se limita a hacer bop sobre un tablao. Es un músico que lleva tiempo diciendo que el compás no tiene dueño, y que la flauta sí puede caminar en él, aunque tenga que andar un poco más despacio.

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