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Brad Mehldau: el pianista que piensa con dos manos a la vez

Pianista estadounidense con vocabulario post-bop y oído contrapuntístico; uno de los tríos más reconocibles del jazz desde los 90.

Brad Mehldau: el pianista que piensa con dos manos a la vez

Por Iván Jiménez Moreno · Viernes 22 de mayo 2026 · jazz contemporáneo · post-bop

Hay pianistas a los que se escucha por la mano derecha y luego está Brad Mehldau, al que se escucha por las dos a la vez. Esa es, condensada, su firma: una mano izquierda que no acompaña — discute, contesta, propone una línea propia mientras la derecha sostiene el tema. No es un truco virtuoso ni una excentricidad académica; es la forma en la que ha decidido pensar el piano-trío durante casi tres décadas.

Mehldau aparece en la escena de Nueva York a comienzos de los 90 y conecta pronto con un trío estable junto al contrabajista Larry Grenadier. El baterista cambia con el tiempo — el periodo con Jorge Rossy primero, con Jeff Ballard después —, pero el formato no. La serie The Art of the Trio, publicada en Warner Bros. en la segunda mitad de los noventa, es donde el lenguaje se asienta: estándares tratados con libertad armónica, originales que respiran como canciones, versiones de Radiohead y Nick Drake que dejan de sonar a “jazz que hace pop” para sonar, sencillamente, a Mehldau. Más tarde llegan proyectos más ambiciosos en formato — Highway Rider con orquestación de Jon Brion, los duetos con Joshua Redman, el trabajo a piano solo —, y una discografía que se ha vuelto vasta, no siempre uniforme.

Lo que hace distinto a Mehldau, técnicamente, es esa independencia de manos llevada a un terreno casi pianístico-clásico. Donde otros tríos resuelven con un walking del contrabajo y bloques de acordes en la izquierda, él se permite líneas melódicas paralelas, contrapuntos a dos voces, citas a Brahms o Schumann que aparecen sin marquesina. Funciona porque el resto está pensado para sostenerlo: Grenadier es probablemente uno de los contrabajistas más cantábiles de su generación y entiende el espacio; Ballard sabe cuándo soltar pulso y cuándo dejar de marcarlo.

La otra clave es armónica. Mehldau viene del post-bop, pero el material lírico lo trata desde una sensibilidad romántica — el peso emotivo de las cadencias, las suspensiones que no resuelven cuando uno espera, baladas que se demoran un compás más de la cuenta sin que se note. Cuando ataca un estándar como “I Fall in Love Too Easily” o un tema de Cole Porter, no lo “moderniza”: lo retarda, lo abre por debajo, lo reescribe sin avisar. Esa misma lógica explica por qué sus versiones de Radiohead funcionan. “Paranoid Android” o “Exit Music” no son guiños generacionales; son piezas con una arquitectura armónica que se deja tratar como un estándar, y él lo trata así.

Hay que decir también lo otro. La discografía de Mehldau es enorme y no toda está al mismo nivel. Algunos discos más recientes — sobre todo varios proyectos colaborativos y trabajos a piano solo de los últimos años — repiten gestos sin abrir territorio nuevo, y para muchos oyentes el centro de gravedad de su obra sigue estando en el periodo Art of the Trio y en los álbumes inmediatamente posteriores. No es un reproche; es la consecuencia natural de publicar mucho durante mucho tiempo. La conclusión práctica para quien va a verlo en directo: importa qué Mehldau toca esa noche.

Porque en vivo, Mehldau con trío y Mehldau a solo son dos artistas distintos. El trío es el formato donde sus ideas se prueban contra dos músicos que pueden contradecirle — y donde sus solos se estiran hasta encontrar algo. Es el formato a buscar. El piano solo, en cambio, puede caer en la introspección si la noche no entra, y a veces se queda en ejercicio de estilo. No siempre — hay grabaciones en solitario espléndidas —, pero el filtro está ahí. Si el cartel es trío, vale la pena. Si es solo, conviene haber escuchado antes del directo para saber a qué se va.

Por dónde empezar. The Art of the Trio Vol. 3: Songs (1998) sigue siendo la entrada más limpia al sonido de su trío clásico, con baladas que explican por sí solas la cuestión de la mano izquierda. Largo (2002), producido junto a Jon Brion, es la cara más experimental y melódica, útil para quien viene del pop o del rock. Y para escucharlo en formato extendido, Highway Rider (2010) muestra qué pasa cuando saca el trío de su zona y lo cruza con orquesta — no funciona todo, pero los aciertos justifican el viaje.